Cualquier libanés de hoy ha crecido dañado por la guerra civil de su país. Un conflicto entre palestinos e israelitas que destrozó casas, familias y culturas entre 1975 y 1990 y que se debió no tanto a la religión sino al territorio, como extensión del campo de batalla entre Palestina e Israel. Haciendo el Líbano frontera por el sur con el estado hebreo, en los años sesenta fue lugar de refugio para miles de palestinos. Y en los setenta, la OLP tomó el país como base para armar milicianos en lucha contra el enemigo.
Allí nació Tarek Atoui, en el Beirut de 1980, con los israelíes ocupando el sur del país y los sirios tratando de anexionárselo todo. Un músico beirutí ironizaba en el año 2006 al afirmar que los israelíes bombardearon su ciudad porque “de golpe era más cool y más molona que Tel Aviv”. Antes de la guerra, Beirut albergaba muchas bandas de rock psicodélico. Y, a pesar de la devastación, hoy germina allí una potente escena underground de electro, hip hop o indie rock, como recoge el recopilatorio "Golden Beirut. New sounds from Lebanon".
Tarek huyó de allí con 20 años para estudiar música en Francia, realizando un máster en electroacústica y contemporánea en el Conservatorio Nacional de Reims. Volvió al Líbano con la idea de devolver el conocimiento aprendido y trabajó como profesor en la Academia Libanesa de Bellas Artes. Con la llegada del verano, en aquel 2006, se trasladó a un campamento de refugiados palestinos para enseñar música a los niños. Sin entender porqué, un día de julio Tarek fue arrestado, encarcelado y torturado durante tres días. A consecuencia de las palizas que recibió, perdió la capacidad auditiva en su oído izquierdo. Aquello marcó su vida y su música. De ahí surgió su obra “Un-drum / strategies of surviving noise”, donde empezó a aplicar movimiento físico, duro y convulsivo, a la música electrónica experimental.
Violencia escénica
Tarek encontró un paralelismo entre los intentos por romper -física y psicológicamente- los estados de sitio y las detenciones políticas y traspasar los límites en los directos de esa escena rígida, estática, incluso aburrida, del laptopismo: un señor o una señora escondida detrás de su portátil, en un escenario, generando sonidos. Por ello, la estrategia de Tarek para sobrevivir al sonido, para sobrevivir al trauma de su detención y de la propia historia del Líbano, no es quedarse quieto tras un ordenador, sino imprimir un movimiento violento.En su última actuación en Madrid recibió comentarios que criticaban su exagerada gestualidad. Estos espectadores son los que decidían no acompañar a Tarek en su uso del sonido más allá de lo musical: la música es un arma de ofensa, de pelea y rebelión. Es también una revolución. Aunque para otros artistas experimentales similares a Tarek Atoui lo importante es la composición, en su caso no es así, a Tarek le interesa la actuación, a pesar de haber publicado el disco Mort Aux Vaches en el sello Staalplat. El sonido incide en su cuerpo y lo electrifica, lo transforma; Tarek retuerce sus músculos y suda, sus miembros se sacuden con espasmos.
Desde aquella experiencia Tarek decidió no tener residencia, es nómada y todas sus posesiones caben en una maleta tamaño cabina. Centros de arte, universidades, colectivos o festivales le invitan para dar conciertos y talleres, por lo que hoy está en Bruselas, mañana en Berlín, pasado en Atenas, luego en París y después quién sabe. Lo más parecido a un hogar, él lo confiesa, es su ordenador portátil. Esta necesidad de viajar ligero le arrastra hacia al circuit bending, el arte de crear cacharros electrónicos musicales con aparatos deshechados, bajo voltaje y juguetería. Atoui utiliza como placas base para sus sintetizadores las portadas de plástico de los cuadernos, generalmente infantiles. Cuando se rompe uno, hace otro. Si la compañía aérea le pierde la maleta, Tarek Atoui no llora. Se ríe con ganas, acepta lo que venga y ametralla a sus interlocutores con el percutor del ruido.